lunes, 8 de marzo de 2010

Tríptico de Trinidad, de Carlos Gardini


Hoy se pone oficialmente a la venta Tríptico de Trinidad, de Carlos Gardini. Tenéis la ficha completa de este título aquí.

Así comienza:

Tierra seca, aire polvoriento, piedras desmoronadas.
La tierra crujía bajo sus pies, el aire le quemaba los pulmones, las piedras le entorpecían la marcha. El mayoral Séptimo perseguía a los ejotes entre las ruinas de Pampa del Desamparo.
En el cielo encapotado, el Arco de Urania vibraba a la luz de los relámpagos. Las convulsiones del cielo se reflejaban en el camafeo profético que el mayoral llevaba colgado del cuello. Sin detenerse, Séptimo alzó el camafeo, miró los caracteres labrados.
Ambiguos.
Los palpó con el dedo, buscando certidumbres. No encontró ninguna.
Llegó con sus balestreros al linde de las ruinas.
Una lluvia roja le salpicó la cara. Miró arriba: ejotes voladores, abriéndose tajos en el cuerpo. Séptimo conocía el ritual. Derramaban sangre sobre sus enemigos para insultarlos y asustarlos.
Continuó la marcha bajo la lluvia roja, y los ejotes voladores pronto se alejaron. Bajarían a tierra y morirían desangrados entre los hurras de sus compañeros.
Delante se extendía un llano cuarteado que ascendía en un declive suave hasta una loma. Los ejotes fugitivos treparon a la loma y se detuvieron. Eran un puñado, pero sin duda un gran número esperaba detrás de la elevación. Una trampa burda, pero los ejotes nunca eran sutiles.
¿Debía seguirlos o no?
Un trueno rodó entre los nubarrones y murió con un murmullo. Si llovía, el llano sería un fangal. Los balestreros quedarían empantanados por el peso de sus armas. Séptimo ordenó un alto.
Sus suboficiales lo miraron con desconcierto.
—¡Ya son nuestros! —exclamaron.
Temían perderse una victoria fácil. Séptimo no quería una victoria fácil sino una victoria aplastante.
—¡Atrás! —ordenó.
Dieron media vuelta, regresaron hacia las ruinas. Los ejotes festejaron, gritaron el nombre de su caudillo.
—¡Chajá, Chajá, Chajá! —gritaron—. ¡Chajá, Chajá, Chajá!
El grito se perdió en un jadeo ronco. El jadeo degeneró en algarabía histérica.
—¡Chajá, Chajá, Chajá!
Séptimo miró por encima del hombro. Fila tras fila de ejotes harapientos asomaban sobre la loma. Cabezas, torsos, alas, garras, pies y pezuñas. Los híbridos se burlaban de ellos, imitando a coro sonidos de animales: trinaban, gruñían, rugían, balaban, rebuznaban.
Séptimo eludió la mirada reprobatoria de sus suboficiales. Clavó los ojos delante y se concentró en sus cálculos, estudiando las ruinas. Un terreno bajo, desfavorable. Pero la lluvia podía cambiar esa situación.
La algarabía se intensificó.
—¡Chajá, Chajá, Chajá!
Los ejotes se daban ánimo para atacar.
Séptimo aspiró el aire turbulento: la lluvia no tardaría. Los ejotes iniciaron su avance. Séptimo sintió el temblor del suelo, pero no miró hacia atrás ni apuró el paso. Notaba la alarma de sus hombres. Daban la espalda al enemigo y eran vulnerables, pero no quería azuzar a los atacantes con movimientos bruscos.
No me abandones, le rezó a la Ducásima.
Estalló un chubasco. Una cortina de agua flameó sobre el llano.
Al llegar a las ruinas, ordenó a sus balestreros que se detuvieran. Miró por encima del hombro. Hordas de ejotes se derramaban por la loma. La primera línea empuñaba armas arrojadizas precarias pero temibles: hachas, lanzas, cuchillos, piedras. Pronto los tendrían encima.
El mayoral ordenó a sus hombres que dieran media vuelta lentamente y formaran dos filas, la primera con una rodilla a tierra. Ordenó cargar las armas. Oyó con satisfacción el chasquido de las cuerdas contra el metal. La balestra o ballesta triple era su arma favorita. Con cada descarga disparaba tres dardos de triple punta. Cada dardo era un trívium de dolor. Cada herida era un trívium de sangre.
Esperaba haber calculado bien. La lluvia arreciaba.
Séptimo trepó a un pilar derruido. Quería que toda su gente lo viera, aunque así ofreciera mejor blanco a los ejotes. Alzó en el aire su puñal triple y su Libro de la Triple Vía. Desde esa altura miró a sus balestreros. Más allá de sus hombres, más allá de las ruinas, Trinidad. La ciudad brumosa se perfilaba contra un montículo de nubes con sus edificios negros, marrones y grises: el Capitolio de los Catecúmenos, el Trívium, el Circo de los Alígeros. El Eje del Mundo era un río de sangre humosa que subía al cielo.
Miró hacia atrás. El llano ya era un fangal. Nubes desflecadas cubrían el Arco de Urania. La lluvia se enredaba con la polvareda que levantaban los ejotes. La algarabía animal vibraba en el viento: trinos, gruñidos, rugidos, balidos, rebuznos.
—¡Chajá, Chajá, Chajá!
Séptimo vio que sus hombres lo miraban de reojo con ojos implorantes, pero esperó. Quería que los ejotes empezaran a correr en su acometida final, que su propio ímpetu los pusiera en desventaja.
Un relámpago proyectó la sombra de Séptimo en el suelo: el puñal, la cabeza y el libro formaron los tres brazos de un candelabro.
Sus hombres clavaron los ojos en ese candelabro oscilante. Bajo el fulgor del relámpago, eran soldados de luz.
Séptimo bajó el puñal.

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